No evaluamos todos los cuerpos por igual. Cada persona, según su edad, actividad y sintomatología, requiere un enfoque de estudio biomecánico específico.
La infancia es la etapa idónea para corregir disfunciones. Durante el crecimiento, el sistema osteomuscular es muy plástico y responde de forma excelente a los estímulos. Un diagnóstico preventivo antes de que se cierren los núcleos de crecimiento puede evitar patologías crónicas en el adulto.
Entendemos que los niños necesitan un entorno tranquilo y un lenguaje sencillo. Evaluamos su forma de pisar prestando especial atención a cómo se coordinan sus rodillas y su postura global al jugar o caminar.
Al correr o saltar, el impacto sobre nuestras articulaciones equivale a multiplicar entre 3 y 4 veces nuestro peso corporal. El pie actúa como el amortiguador principal de este impacto. Cualquier pequeña asimetría en el apoyo, repetida miles de veces durante un entrenamiento, se traduce en fatiga prematura o lesión.
En deportistas, no solo analizamos el pie descalzo. Evaluamos el gesto técnico en carrera sobre tapiz rodante y estudiamos la interacción de tu pie con tus zapatillas de entrenamiento.
Con el paso del tiempo, las estructuras elásticas del pie pierden grosor e hidratación (como la grasa plantar), lo que expone a los huesos y articulaciones a un mayor rozamiento y sobrecarga. Del mismo modo, el desgaste articular por artrosis altera inconscientemente la forma de caminar para evitar el dolor, generando nuevas tensiones en la cadera o la columna lumbar.
En personas adultas o de edad avanzada, el estudio biomecánico busca restaurar la simetría de los apoyos, amortiguar las zonas más expuestas a la presión y aportar estabilidad dinámica para prevenir la inestabilidad y las caídas.